Cuando vuelven las musas

Esta mañana estaba meditando -sí, soy toda una yogui del siglo XXI- y me he venido corriendo a coger el portátil. No podía concentrarme, estaba en plena ebullición. De repente, me salían las ideas a borbotones.

Hacía mucho tiempo que no me pasaba (lo de tener ideas, digo). Antes, cuando era mas joven, escribía bastante. Recuerdo tirarme horas frente a la pantalla de ordenador inventándome historias. Luego llegó la adolescencia, y con ella, las redes sociales, y ahí ya se fue todo a la mierda -dime tú quién es capaz de escribir algo con sentido en 120 caracteres. Pero me acababa de dejar el novio, y claro, no hay mayor fuente de inspiración que el desamor, así que volví a darle a la tecla con mi vena más profunda, esa con la que te pones a reflexionar sobre la vida y te piensas Descartes. Pero lo superé, dejé de retwittear a Sabina Quotes y se me fueron todas las musas. Asco de madurez. El caso es que perdí el hábito, y adiós muy buenas premio Pulitzer (lo siento, papá).

Hoy, sin embargo, he sentido una necesidad imperiosa de escribir. Estaba ahí tirada en el suelo de mi habitación, con las piernas en posición de loto -vamos, una forma incomodísima de sentarse- y no podía pensar en otra cosa. Ni mente en blanco ni mantra ni nada. Así que he dejado las velitas y el incienso y me he sentado a escribir y a vomitar todas mis ideas.

No sé donde se había metido mi creatividad durante los últimos años. Desde hace tiempo, tengo un diario donde escribo mis pensamientos (algún iluminado me dijo que ayudaba a definir las ideas y enfocar tu futuro, y sabe Dios la falta que me hace). De vez en cuando me siento ahí, a ver si se me ocurre qué poner, pero nada. Me siento como una adolescente leyendo la sección de historias de la Super Pop (sí, la misma adrenalina) solo que ahora ya no estoy en el colegio y la Super Pop la dejaron de vender hace tiempo. Ni si quiera tengo el Word instalado (quién me ha visto y quién me ve).

Supongo que lo que me pasa es que he dado cuenta – gracias a esta auto-terapia del diario que os contaba- que a esta sociedad le falta un poquito de autenticidad. Que en esta era de Netflix y barbas hipster lo que se lleva es hacer fotos a la comida y darle a ‘like’ a las fotos supeguays de bloggers con millones de seguidores. Tener una vida healthy (solo apta para Instagram), viajar mucho y dejar constancia online de que estás en la cresta de la ola.

Pero no, la vida no es eso. La vida es gente como tú y como yo, que cuando hacemos una foto para Instagram nuestra ensalada parece un churro. Que no viajamos cada mes a un paraíso tropical. Que trabajamos por nuestro futuro cada día, pero sin grandes aventuras. Que disfrutamos cada segundo con nuestros amigos sin preocuparnos por hacer la foto perfecta y dejar constancia en Facebook. Y que de una forma más modesta, también soñamos. Porque somos perfectamente imperfectos, y vivimos sin tener que demostrárselo a nadie, sin filtros.

En fin, que me he puesto a divagar. El tema es que hoy, que estaba a tope de creativa, he decidido compartir mi terapia de vida con vosotros y me encantaría que me acompañaseis (si es que después de leer estas líneas todavía queréis seguir leyéndome, valientes).

Perdonad, aún no me he presentado. Soy un chica de veintitantos tirando a los treinta, viviendo y trabajando en un país que no es el suyo. Soltera (algún día os contare mis anécdotas con el dating) y tratando de sobrevivir en este juego al que llamamos vida. Feliz a pesar de todo, pero con falta de aventuras, sin sobresaltos. Y supongo que esto es lo que también me trae aquí, a escribir mis historias, que pueden ser también las tuyas.

Al fin y al cabo, soy una chica del montón.

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